viernes, 30 de junio de 2017

Pedro: La roca sobre la que Cristo fundó la Iglesia


Sigamos con las catequesis semanales que comenzamos esta primavera. En la última, hace quince días, hablé de Pedro como el primero de los apóstoles; hoy quiero volver otra vez a esta gran e importante figura de la Iglesia. El evangelista Juan, al relatar el primer encuentro de Jesús con Simón, hermano de Andrés, señala un hecho singular: Jesús, «mirándolo, dijo: “Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas (que se traduce ‘Pedro’)”» (Jn 10, 42). Jesús no acostumbraba a cambiar el nombre a sus discípulos. Si exceptuamos el apelativo de «hijos del trueno» que dirige en un caso concreto a los hijos de Zebedeo (cf. Mc 3, 17) y que no vuelve a usar, Él no atribuyó nunca otro nombre a ninguno de sus discípulos. En cambio, lo hizo con Simón, llamándolo de Cefas, nombre luego traducido en griego por Petros, y en latín por Petrus. Y fue traducido precisamente porque no era solo un nombre; era una «orden» que Petrus recibía del Señor. El nuevo nombre de Petrus aparecerá varias veces en los Evangelios y acabará sustituyendo al nombre originario de Simón.


El dato cobra especial relevancia si se tiene en cuenta que, en el Antiguo Testamento, el cambio de nombre por lo general anunciaba el encargo de una misión (cf. Gé 17,5; 32,28 ss., etc.). De hecho, la voluntad de Cristo de atribuir a Pedro un papel especial dentro del Colegio apostólico queda demostrada en numerosas pruebas: en Cafarnaúm, el Maestro va a alojarse a casa de Pedro (Mc 1, 29); cuando la multitud se arremolina en torno a él a orillas del lago de Genesaret, entre las dos barcas ahí atracadas, Jesús elige la de Simón (Lc 5, 3); cuando en determinadas circunstancias Jesús se hace acompañar solo de tres discípulos, Pedro siempre es mencionado como el primero del grupo: así sucedió en la resurrección de la hija de Jairo (cf. Mc 5, 37; Lc 8, 51), en la Transfiguración (cf. Mc 9, 2; Mt 17, 1; Lc 9, 28) y, por último, durante la agonía del Huerto de Getsemaní (cf. Me 14, 33; Mt 16, 37). Y aún hay más: cuando se dirigen a Pedro los cobradores del impuesto del Templo, el Maestro solo paga por sí mismo y por él para que no pierda la fe y pueda probar en ella a los demás discípulos (Cf. Lc 22, 30-31).

Además, el propio Pedro es consciente de su particular posición: a menudo, en nombre de los demás, interviene pidiendo una explicación de una parábola difícil (Mt 15,15), o el sentido concreto de un precepto (Mt 18, 21), o la promesa formal de una recompensa (Mt 19,27). Él es quien resuelve ciertas situaciones al intervenir en nombre de todos. Así, cuando Jesús, dolido por la incomprensión de la multitud después del discurso sobre el «pan de vida», pregunta: «¿También vosotros queréis marcharos?», la respuesta de Pedro es perentoria: «Señor, ¿a quién vamos a ir? Tienes palabras de vida eterna» (Jn 6, 67-69). Igualmente decidida es la profesión de fe que, también en nombre de los Doce, hace en Cesarea de Filipo. Cuando Jesús pregunta: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?», Pedro responde: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo» (Mt 16,15-16). En respuesta, Jesús pronuncia entonces la declaración solemne que define, de manera definitiva, el papel de Pedro en la Iglesia: «Y yo por mi parte te digo: tú eres Pedro, y sobre esta peña edificaré mi Iglesia, y las puertas del averno no podrán contra ella. Te daré las llaves del reino de los cielos, y lo que ates en la tierra, quedará atado en los cielos; y lo que desates en la tierra, quedará desatado en los cielos» (Mt 16, 18-19). Las tres metáforas a las que Jesús recurre son en sí mismas muy claras: Pedro será los cimientos de piedra sobre los que se apoyará el edificio de la Iglesia; él tendrá las llaves del reino de los cielos para abrirlo o cerrarlo a quien le parezca apropiado; por último, él podrá atar y desatar, es decir, podrá establecer o prohibir lo que considere necesario para la vida de la Iglesia, que es y sigue siendo de Cristo. Siempre será la Iglesia de Cristo, y no de Pedro. Esto que está descrito con imágenes tan plásticas ilustra lo que la reflexión posterior ha calificado con el término de «primado de jurisdicción».

Esta posición preeminente que Jesús quiso conferirle a Pedro se verifica también después de la resurrección: Jesús les encarga a las mujeres que lleven el anuncio a Pedro, al margen de los demás apóstoles (cf. Me 16,7); hacia él y hacia Juan corre la Magdalena para informar de la piedra movida en la entrada del sepulcro (cf. Jn 20,2), y Juan le cederá el paso cuando los dos lleguen ante la tumba vacía (cf. Jn 20,4-6); luego será Pedro, entre todos los discípulos, el primer testigo de una aparición del Resucitado (cf. Le 24, 34; 1 Cor 15, 5). Este papel, subrayado con decisión (cf. Jn 20,3-10), marca la continuidad entre su preeminencia en el grupo apostólico y la preeminencia que seguirá teniendo en la comunidad nacida con los sucesos pascuales, como testimonia el libro de los Hechos (cf. 1,15-26; 2,14-40; 3,12-26; 4, 8-12; 5,1- 11.29; 8, 14-17; 10; etc.). Su comportamiento se considera tan decisivo como para ser el centro de las miradas y también de las críticas (cf. Hech 11,1-18; Gá 2,11-14). En el conocido Concilio de Jerusalén, Pedro desempeña una función directiva (cf. Hech 15, y Gá 2, 1-10) y, precisamente por ser testigo de la fe auténtica, el propio Pablo le reconocerá cierta cualidad de «primero» (cf. 1 Cor 15, 5; Gá 1, 18; 2, 7 s.; etc.). Además, el hecho de que varios textos claves referidos a Pedro puedan ser interpretados en el contexto de la Última Cena, en la que Cristo le confiere a Pedro el ministerio de confirmar a los hermanos (cf. Le 22,31 s.), muestra cómo la Iglesia que nace del memorial pascual celebrado en la Eucaristía tiene en el ministerio confiado a Pedro uno de sus elementos constitutivos.

Esta contextualización del Primado de Pedro en la Última Cena, en el momento constituyente de la Eucaristía, Pascua del Señor, indica también el sentido último de su Primado: Pedro, por todos los tiempos, debe ser el custodio de la comunión con Cristo; debe guiar en la comunión con Cristo; debe preocuparse de que la red no se rompa y pueda perdurar la comunión universal. Solo juntos podemos estar con Cristo, que es el Señor de todos. La responsabilidad de Pedro es garantizar la comunión con Cristo, con la caridad de Cristo, guiarnos en la realización de esta caridad en la vida de cada día. Recemos para que el Primado de Pedro, confiado a pobres seres humanos, pueda ejercerse siempre con este sentido originario deseado por el Señor y pueda ser siempre mejor reconocido en su verdadero significado por hermanos que todavía no están en plena comunión con nosotros.

(Audiencia general, 7 de junio de 2006, plaza de San Pedro)


Benedicto XVI, Los apóstoles y los primeros discípulos de Cristo, Bs.As., Espasa-Calpe, 2009, pp. 69-72

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