sábado, 30 de septiembre de 2017

La Iglesia no los aleja de la Eucaristía, sino que el mismo fiel pone un obstáculo para recibirla por su estado irregular.

TEÓLOGO RESPONDE
El Padre Miguel A. Fuentes es responsable de la página teologoresponde.org y por su excelente contenido queremos compartir esta pregunta que una persona le hizo recientemente:
Pregunta: 
        Sé perfectamente que cuando una pareja no se casa por la Iglesia sino sólo ante las leyes civiles, no puede acercarse a la comunión. Ahora, las variables son muchas, pero en todo caso: ¿no cree que si una de las partes siente la necesidad imperiosa de recibir a Jesús Sacramentado, no tiene ésta el derecho de recibirlo (hablo del derecho de ser también partícipe de la Salvación y del Jubileo de estar en Dios aunque no sea por el sacramento del matrimonio)?

jueves, 21 de septiembre de 2017

S.S. Juan Pablo II - ¿Por qué Dios permite el mal?

La realidad del mal y del sufrimiento presentes bajo tantas formas en la vida humana, constituye para muchos la dificultad principal para aceptar la verdad de la Providencia Divina.

 ¿Por qué Dios permite el mal?

Dificultades para aceptar la providencia

1. La realidad del mal y del sufrimiento presentes bajo tantas formas en la vida humana, constituye para muchos la dificultad principal para aceptar la verdad de la Providencia Divina. En algunos casos, esta dificultad asume una forma radical, cuando incluso se acusa a Dios del mal y del sufrimiento presentes en el mundo llegando hasta rechazar la verdad misma de Dios y de su existencia (esto es, hasta el ateísmo). De un modo menos radical y sin embargo inquietante, esta dificultad se expresa en tantos interrogantes críticos que el hombre plantea a Dios. La duda, la pregunta e incluso la protesta nacen de la dificultad de conciliar entre sí la verdad de la Providencia Divina, de la paterna solicitud de Dios hacia el mundo creado, y la realidad del mal y del sufrimiento experimentado en formas diversas por los hombres.

viernes, 30 de junio de 2017

Pedro: La roca sobre la que Cristo fundó la Iglesia


Sigamos con las catequesis semanales que comenzamos esta primavera. En la última, hace quince días, hablé de Pedro como el primero de los apóstoles; hoy quiero volver otra vez a esta gran e importante figura de la Iglesia. El evangelista Juan, al relatar el primer encuentro de Jesús con Simón, hermano de Andrés, señala un hecho singular: Jesús, «mirándolo, dijo: “Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas (que se traduce ‘Pedro’)”» (Jn 10, 42). Jesús no acostumbraba a cambiar el nombre a sus discípulos. Si exceptuamos el apelativo de «hijos del trueno» que dirige en un caso concreto a los hijos de Zebedeo (cf. Mc 3, 17) y que no vuelve a usar, Él no atribuyó nunca otro nombre a ninguno de sus discípulos. En cambio, lo hizo con Simón, llamándolo de Cefas, nombre luego traducido en griego por Petros, y en latín por Petrus. Y fue traducido precisamente porque no era solo un nombre; era una «orden» que Petrus recibía del Señor. El nuevo nombre de Petrus aparecerá varias veces en los Evangelios y acabará sustituyendo al nombre originario de Simón.

jueves, 22 de junio de 2017

André Louf - En estado de conversión

En estado de conversión

Entre la cólera y la gracia

Cuando a uno lo invade la gracia por primera vez, se habla de conversión; la persona se considera convertida o en camino de convertirse. En el lenguaje corriente, se trata de un acontecimiento muy importante, aunque transitorio, que tiene que ocurrir o que ha sucedido ya hace mucho tiempo. Nadie parece creer que la conversión es necesaria más que en caso de apostasía. El concepto derivado, convertido, sólo atañe a una categoría muy concreta de creyentes: aquellos que recibieron la fe a una edad avanzada. De ahí se sigue que el niño bautizado, que ha recibido la fe desde su más tierna edad -y esto nos ocurre a la mayoría- nunca será llamado convertido. Aparentemente no tendrá nunca nada que ver con la conversión.

Sólo los que viven fuera de la fe o no viven según su fe, sino en pecado, deberían preocuparse de su conversión, pero no el creyente de siempre, y sobre todo el creyente fervoroso.

lunes, 12 de junio de 2017

Benedicto XVI - La muerte de Jesús como reconciliación (expiación) y salvación


3. La muerte de Jesús como reconciliación (expiación) y salvación

En un último punto quisiera tratar de hacer ver, al menos a grandes líneas, cómo la Iglesia naciente, bajo la guía del Espíritu Santo, fue ahondando lentamente en la verdad más profunda de la cruz, movida por el deseo de entender siquiera de lejos su motivo y su objeto. Sorprendentemente, una cosa estaba clara desde el  principio: con la cruz de Cristo, los antiguos sacrificios del templo quedaron superados definitivamente. Había ocurrido algo nuevo.

La expectación suscitada en la crítica de los profetas, que se había manifestado en particular también en los Salmos, había encontrado su cumplimiento: Dios no quería ser glorificado mediante los sacrificios de toros y machos cabríos, cuya sangre no puede purificar al hombre ni expiar por él. El nuevo culto anhelado, pero hasta entonces todavía sin definir, se había hecho realidad. En la cruz de Jesús se había verificado lo que en vano se había intentado con los sacrificios de animales: el mundo había obtenido la expiación. El «Cordero de Dios» había cargado sobre sí el pecado del mundo y lo había quitado de allí. La relación de Dios con el mundo, perturbada por la culpa de los hombres, había sido renovada. La reconciliación se había cumplido.

jueves, 23 de febrero de 2017

P.A. Hillaire - La Oración. segundo medio para obtener la gracia

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3° La oración, segundo medio para obtener la gracia

Dios puede comunicarnos sus gracias directamente por sí mismo y, a veces, lo hace. Pero como no quiere salvarnos sin nuestra cooperación, exige que empleemos los medios establecidos por Él para conferirnos su gracia. Estos medios son los sacramentos y la oración. Los sacramentos son los canales que nos la transmiten; la oración es la fuerza que la atrae.

lunes, 6 de febrero de 2017

José Luis Decalzo - Vivir en el presente

23.- Vivir en el presente.

Lo que más admiraba yo en Jorge Guillén era su capacidad para vivir apasionadamente el presente. Frente a otros poetas que hacen surgir su poesía de un afán por remasticar las amarguras viejas o de un hilar los sueños del futuro, Guillén en su obra, evita hasta de los verbos en pretérito o en futuro, para montarlo todo sobre el disfrute del presente, de este pie que ponemos hoy aquí, de esta hora que hoy me ha sido concedida. Y lo admiraba porque una actitud así ante la vida es de lo más infrecuente. Entre nosotros lo que abunda es la fuga hacia el ayer o hacia el mañana, la venta a la nostalgia o al ensueño.