viernes, 30 de junio de 2017

Pedro: La roca sobre la que Cristo fundó la Iglesia


Sigamos con las catequesis semanales que comenzamos esta primavera. En la última, hace quince días, hablé de Pedro como el primero de los apóstoles; hoy quiero volver otra vez a esta gran e importante figura de la Iglesia. El evangelista Juan, al relatar el primer encuentro de Jesús con Simón, hermano de Andrés, señala un hecho singular: Jesús, «mirándolo, dijo: “Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas (que se traduce ‘Pedro’)”» (Jn 10, 42). Jesús no acostumbraba a cambiar el nombre a sus discípulos. Si exceptuamos el apelativo de «hijos del trueno» que dirige en un caso concreto a los hijos de Zebedeo (cf. Mc 3, 17) y que no vuelve a usar, Él no atribuyó nunca otro nombre a ninguno de sus discípulos. En cambio, lo hizo con Simón, llamándolo de Cefas, nombre luego traducido en griego por Petros, y en latín por Petrus. Y fue traducido precisamente porque no era solo un nombre; era una «orden» que Petrus recibía del Señor. El nuevo nombre de Petrus aparecerá varias veces en los Evangelios y acabará sustituyendo al nombre originario de Simón.

El dato cobra especial relevancia si se tiene en cuenta que, en el Antiguo Testamento, el cambio de nombre por lo general anunciaba el encargo de una misión (cf. Gé 17,5; 32,28 ss., etc.). De hecho, la voluntad de Cristo de atribuir a Pedro un papel especial dentro del Colegio apostólico queda demostrada en numerosas pruebas: en Cafarnaúm, el Maestro va a alojarse a casa de Pedro (Mc 1, 29); cuando la multitud se arremolina en torno a él a orillas del lago de Genesaret, entre las dos barcas ahí atracadas, Jesús elige la de Simón (Lc 5, 3); cuando en determinadas circunstancias Jesús se hace acompañar solo de tres discípulos, Pedro siempre es mencionado como el primero del grupo: así sucedió en la resurrección de la hija de Jairo (cf. Mc 5, 37; Lc 8, 51), en la Transfiguración (cf. Mc 9, 2; Mt 17, 1; Lc 9, 28) y, por último, durante la agonía del Huerto de Getsemaní (cf. Me 14, 33; Mt 16, 37). Y aún hay más: cuando se dirigen a Pedro los cobradores del impuesto del Templo, el Maestro solo paga por sí mismo y por él para que no pierda la fe y pueda probar en ella a los demás discípulos (Cf. Lc 22, 30-31).

Además, el propio Pedro es consciente de su particular posición: a menudo, en nombre de los demás, interviene pidiendo una explicación de una parábola difícil (Mt 15,15), o el sentido concreto de un precepto (Mt 18, 21), o la promesa formal de una recompensa (Mt 19,27). Él es quien resuelve ciertas situaciones al intervenir en nombre de todos. Así, cuando Jesús, dolido por la incomprensión de la multitud después del discurso sobre el «pan de vida», pregunta: «¿También vosotros queréis marcharos?», la respuesta de Pedro es perentoria: «Señor, ¿a quién vamos a ir? Tienes palabras de vida eterna» (Jn 6, 67-69). Igualmente decidida es la profesión de fe que, también en nombre de los Doce, hace en Cesarea de Filipo. Cuando Jesús pregunta: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?», Pedro responde: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo» (Mt 16,15-16). En respuesta, Jesús pronuncia entonces la declaración solemne que define, de manera definitiva, el papel de Pedro en la Iglesia: «Y yo por mi parte te digo: tú eres Pedro, y sobre esta peña edificaré mi Iglesia, y las puertas del averno no podrán contra ella. Te daré las llaves del reino de los cielos, y lo que ates en la tierra, quedará atado en los cielos; y lo que desates en la tierra, quedará desatado en los cielos» (Mt 16, 18-19). Las tres metáforas a las que Jesús recurre son en sí mismas muy claras: Pedro será los cimientos de piedra sobre los que se apoyará el edificio de la Iglesia; él tendrá las llaves del reino de los cielos para abrirlo o cerrarlo a quien le parezca apropiado; por último, él podrá atar y desatar, es decir, podrá establecer o prohibir lo que considere necesario para la vida de la Iglesia, que es y sigue siendo de Cristo. Siempre será la Iglesia de Cristo, y no de Pedro. Esto que está descrito con imágenes tan plásticas ilustra lo que la reflexión posterior ha calificado con el término de «primado de jurisdicción».

Esta posición preeminente que Jesús quiso conferirle a Pedro se verifica también después de la resurrección: Jesús les encarga a las mujeres que lleven el anuncio a Pedro, al margen de los demás apóstoles (cf. Me 16,7); hacia él y hacia Juan corre la Magdalena para informar de la piedra movida en la entrada del sepulcro (cf. Jn 20,2), y Juan le cederá el paso cuando los dos lleguen ante la tumba vacía (cf. Jn 20,4-6); luego será Pedro, entre todos los discípulos, el primer testigo de una aparición del Resucitado (cf. Le 24, 34; 1 Cor 15, 5). Este papel, subrayado con decisión (cf. Jn 20,3-10), marca la continuidad entre su preeminencia en el grupo apostólico y la preeminencia que seguirá teniendo en la comunidad nacida con los sucesos pascuales, como testimonia el libro de los Hechos (cf. 1,15-26; 2,14-40; 3,12-26; 4, 8-12; 5,1- 11.29; 8, 14-17; 10; etc.). Su comportamiento se considera tan decisivo como para ser el centro de las miradas y también de las críticas (cf. Hech 11,1-18; Gá 2,11-14). En el conocido Concilio de Jerusalén, Pedro desempeña una función directiva (cf. Hech 15, y Gá 2, 1-10) y, precisamente por ser testigo de la fe auténtica, el propio Pablo le reconocerá cierta cualidad de «primero» (cf. 1 Cor 15, 5; Gá 1, 18; 2, 7 s.; etc.). Además, el hecho de que varios textos claves referidos a Pedro puedan ser interpretados en el contexto de la Última Cena, en la que Cristo le confiere a Pedro el ministerio de confirmar a los hermanos (cf. Le 22,31 s.), muestra cómo la Iglesia que nace del memorial pascual celebrado en la Eucaristía tiene en el ministerio confiado a Pedro uno de sus elementos constitutivos.

Esta contextualización del Primado de Pedro en la Última Cena, en el momento constituyente de la Eucaristía, Pascua del Señor, indica también el sentido último de su Primado: Pedro, por todos los tiempos, debe ser el custodio de la comunión con Cristo; debe guiar en la comunión con Cristo; debe preocuparse de que la red no se rompa y pueda perdurar la comunión universal. Solo juntos podemos estar con Cristo, que es el Señor de todos. La responsabilidad de Pedro es garantizar la comunión con Cristo, con la caridad de Cristo, guiarnos en la realización de esta caridad en la vida de cada día. Recemos para que el Primado de Pedro, confiado a pobres seres humanos, pueda ejercerse siempre con este sentido originario deseado por el Señor y pueda ser siempre mejor reconocido en su verdadero significado por hermanos que todavía no están en plena comunión con nosotros.

(Audiencia general, 7 de junio de 2006, plaza de San Pedro)


Benedicto XVI, Los apóstoles y los primeros discípulos de Cristo, Bs.As., Espasa-Calpe, 2009, pp. 69-72

jueves, 22 de junio de 2017

André Louf - En estado de conversión

En estado de conversión

Entre la cólera y la gracia

Cuando a uno lo invade la gracia por primera vez, se habla de conversión; la persona se considera convertida o en camino de convertirse. En el lenguaje corriente, se trata de un acontecimiento muy importante, aunque transitorio, que tiene que ocurrir o que ha sucedido ya hace mucho tiempo. Nadie parece creer que la conversión es necesaria más que en caso de apostasía. El concepto derivado, convertido, sólo atañe a una categoría muy concreta de creyentes: aquellos que recibieron la fe a una edad avanzada. De ahí se sigue que el niño bautizado, que ha recibido la fe desde su más tierna edad -y esto nos ocurre a la mayoría- nunca será llamado convertido. Aparentemente no tendrá nunca nada que ver con la conversión.

Sólo los que viven fuera de la fe o no viven según su fe, sino en pecado, deberían preocuparse de su conversión, pero no el creyente de siempre, y sobre todo el creyente fervoroso.

Hay que notar, sin embargo, que la Biblia habla a menudo y muy explícitamente, de conversión y de la conversión de cada uno. La primera Buena Nueva, que escuchamos de los labios de Juan Bautista, se resume en esta llamada vigorosa: "Conviértanse, porque está cerca el Reino de los cielos” (Mt 3,1). [i] Esta proximidad es lo que hace tan necesaria la conversión. Porque, dice Juan a los fariseos y a los saduceos que acuden a él para ser bautizados, la cólera y la venganza de Dios están cerca:

“Raza de víboras, ¿quién les ha enseñado a escapar de la condena que llega? Muestren frutos de un sincero arrepentimiento [conversión] y no piensen que basta con decir: Nuestro Padre es Abraham; pues yo les digo que de estas piedras puede sacar Dios para Abraham. El hacha ya está apoyada en la raíz del árbol: árbol que no produzca frutos buenos será cortado y arrojado al fuego. Yo los bautizo con agua en señal de arrepentimiento, pero detrás de mí viene uno con más autoridad que yo, y yo no soy digno de quitarle las sandalias. Él los bautizará con Espíritu Santo y fuego. Ya empuña la horquilla para limpiar su cosecha: reunirá el trigo en el granero, y quemará la paja en un fuego que no se apaga" (Mt 3,7-12).

Juan Bautista relaciona la conversión y la presencia de Jesús, y también el Juicio que viene, y el fuego encendido por la cólera de Dios de la que debemos librarnos. Atribuidas a Dios, la cólera y la venganza, no son nociones fáciles. Y todavía menos la imagen del hacha en la raíz del árbol. Consciente o inconscientemente, las hemos relegado al Antiguo Testamento, como si pudiesen desaparecer del horizonte y hubieran perdido su razón de ser con la venida de Jesús.

Sin embargo, en el atrio del Nuevo Testamento, la venida de Jesús se anuncia por esta vieja imagen: en la persona de Jesús, Dios ha tomado la horquilla y está listo para limpiar su cosecha. Éste es el bautismo que trae Jesús, bautismo para la conversión, pero también bautismo en el fuego y en el Espíritu Santo.

Lo que precede parece indicar que todavía tenemos, en cierto modo, que confrontarnos con la cólera de Dios. Y también que esto sólo puede hacerse en Jesús. ¿He encontrado ya la cólera de Dios en mi vida? Si no, ¿necesito todavía la gracia? ¿No se refiere la gracia a la cólera de la que me libra en todo instante? En Jesús ¿no estoy sin cesar expuesto a la cólera y a la gracia, preso entre las dos, allí donde podría situarse la conversión?

Tiempo después de que Jesús muriera y resucitara, Pablo escribe a los romanos, al comienzo de su gran síntesis teológica sobre la gracia: "La cólera de Dios se revela" (Rom 1,18).

En otros lugares, Pablo anuncia también que la gloria de Dios debe revelarse (Rom 8,18), pero esta gloria va precedida por la cólera... "Por naturaleza" dirá san Pablo, "destinados, como los demás a la cólera" (Ef 2,3). El amor y la gracia son excepciones respecto de la cólera y suponen que hemos sido escogidos de manera especial para ser libres de ella. El estado de gracia es de excepción respecto del estado de cólera que, de hecho, es nuestro primer estado: excepción llena de amor por Jesucristo, el Hijo de Dios.

En varios lugares del Nuevo Testamento encontramos algo más sobre esta cólera de Dios, en especial que no se sitúa en el pasado, sino que aún tiene que venir. No se sitúa en el pasado, sino que nos espera en el futuro. Pablo emplea a menudo la expresión: "la cólera viene" (Ef 5,6; Col 3,6), mientras que Juan prefiere hablar de la cólera que ya ha venido, pero que sigue pesando entre nosotros (Jn 3,36). El Apocalipsis habla del "gran día de la cólera", el día en que Dios "dará a los pueblos la copa del vino del furor de su cólera" (Apoc 16,19). La imagen de la copa de la cólera que Dios tiene que darnos a beber está muy cercana a otra copa de la que habla la Escritura: la copa de la pasión de Jesús. En las manos de Jesús la copa de la cólera se convierte en la copa de la salvación. El brebaje mortal de la cólera se convierte en un brebaje de amor. Como Jesús, también nosotros recibimos esta copa de la mano de Dios para beberla. Y también para nosotros, esta copa es de venganza o de ternura. Estamos ebrios de la cólera de Dios o del amor de Dios. El paso de una a otra no se puede hacer sino con Jesús y gracias a Él. Por esto nuestro cáliz de sufrimiento no será diferente al de Jesús. Porque sólo Él, que ha apurado esta copa hasta las heces, puede librarnos de la cólera de Dios. Sólo Él puede hacer que la copa de la cólera se convierta, también para nosotros, en copa de salvación.
Hay un largo camino antes de que esto suceda. Aunque san Pablo nos anime a mirar con confianza la cólera que viene, nada está asegurado.

“Ahora bien, Dios nos demostró su amor en que, siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros. Con mayor razón, ahora que su sangre nos ha hecho justos, nos libraremos por él de la condena. Porque si siendo enemigos fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, con mayor razón, ahora ya reconciliados, seremos salvados para su vida" (Rom 5,8-10).

En otro lugar, Pablo dice también que es Jesús "el que nos libra de la cólera venidera" (1 Tes 1,10). Hemos sido liberados una primera vez de la cólera cuando nuestros pecados fueron borrados en el bautismo, pero henos aquí confrontados de nuevo con esta misma cólera de Dios que está todavía ante nosotros. Por eso el momento presente es tan importante. Es el kairos, el tiempo de salvación en el que vivimos y en el que se nos concede el hacer la elección decisiva con el poder de la muerte y resurrección de Jesús. Pues lo que ocurrirá mañana ya nos es dado hoy, aunque todavía en esperanza, una esperanza que crece siempre hasta la realización del fin de los tiempos.

Esta elección decisiva entre la cólera y la gracia, que es la elección de mañana pero también ya la elección de hoy, y la elección de hoy para mañana, es lo que precisamente llamamos conversión. Así se traduce la palabra neotestamentaria metanoien, que trata de expresar la palabra hebrea shub. Esta última raíz semítica significa sencillamente volverse, volver sobre sus pasos y sólo por derivación, convertirse. El acento se coloca, pues, sobre el cambio total que se produce. La palabra griega metanoien precisa esta vuelta. Se emplean pues dos raíces, de las cuales la primera, como en hebreo, subraya la conmoción en el sentido de ponerlo todo al revés. La segunda raíz nos muestra lo que ha cambiado por esta vuelta: el nous, es decir, el fondo espiritual, nuestro corazón más profundo. Se trata pues de una revolución en el interior de nosotros mismos. Metanoien se traduce a veces por penitencia, contrición, términos menos felices que conversión. Sin embargo, incluso la palabra conversión, tan usada corrientemente, parece también demasiado débil. Por otra parte, en un contexto idéntico, la Biblia habla de metanoien kai epistrephein (Hech 3, 19): dejarse conmover totalmente, revolucionarse, para volverse hacia algo o hacia alguien. Se trata de un cambio radical por el cual una persona vuelve sobre sus pasos para comprometerse en una nueva dirección.

Siempre convirtiéndose

Aquí surge de nuevo la pregunta planteada al comienzo de este capítulo: ¿En qué sentido tenemos todavía hoy necesidad de conversión? ¿No la recibimos, para siempre, en el bautismo? Sería pues cosa hecha y estaríamos ahora en camino, con altos y bajos, es cierto, con caídas y rectificaciones, hacia la perfección y la santidad. He aquí en efecto la imagen que nos hacemos del camino por el que avanzan todos los cristianos.

En sustancia, este camino estaría dividido en tres etapas. En primer lugar, la increencia y el pecado; luego el paso decisivo de la conversión; finalmente la búsqueda de la perfección. Espontáneamente nos colocamos -y no sin cierto candor- en alguna parte de la tercera etapa, en una situación más o menos avanzada.

La realidad no es ni tan sencilla ni tan complicada, pues la gracia es la simplicidad misma. La dificultad reside más bien en el hecho de que la vida en el Espíritu Santo no es fácil de discernir. Se entrecruzan sin cesar líneas de fuerza diferentes, y por eso son posibles la confusión y también la ilusión: no siempre es fácil distinguir tres líneas. En efecto, el pecado, la conversión y la gracia no son simplemente tres etapas consecutivas. En la vida cotidiana, a veces se superponen; se cruzan con cierta dependencia entre sí. No estoy nunca totalmente en una u otra. Estoy continuamente en las tres a la vez. El pecado, la conversión y la gracia son mi pan y mi lote de cada día. Incluso en el Reino de los Cielos, aunque ya haya venido aquí abajo, sucede así y no de otra manera, dice el mismo Jesús. Tampoco allí faltan los pecadores. Al contrario: los publicanos y las prostitutas pasan por delante y preceden a los demás (cf. Mt 21, 28-32)

Estas tres etapas no representan tres grados de una escala de valores. No pasamos de una a otra, como si subiéramos los peldaños de una escalera. No son tres galones que cosemos uno detrás de otro en nuestra manga. No. Antes de la muerte decimos adiós del todo a ninguna de las tres. Seguimos siendo pecadores, estamos siempre convirtiéndonos, y en esta conversión somos continuamente santificados por el Espíritu de Dios. No podemos pertenecer a esa categoría de gentes de las que Jesús ha dicho "que no necesitan conversión" (Lc 15,2) porque se creen justos. En ese caso no necesitaríamos ya de Jesús. Tal vez estaríamos todavía en camino hacia Dios, pero solos, irremediablemente solos, cayendo continuamente sobre nosotros mismos, bajo una apariencia de santidad que intentaríamos en vano realizar. Nos sentiríamos cada vez más frustrados porque no habríamos encontrado nunca el verdadero amor.

Es ilusorio creerse convertido de una vez para siempre. Siempre seguimos siendo pecadores, pero pecadores perdonados, pecadores en perdón, pecadores en conversión. No puede darse otra santidad aquí abajo, pues la gracia no puede actuar de otra manera. Convertirse es volver a empezar ese retorno interior, por el que nuestra pobreza humana -lo que Pablo llama la carne- se vuelve hacia la gracia de Dios. De la ley de la letra, pasa a la ley del Espíritu y de la libertad; de la cólera a la gracia. Este retorno no se termina nunca, pues siempre está comenzando. Antonio el Grande, patriarca y padre de todos los monjes, lo decía de manera lapidaria: "Cada mañana me digo: hoy empiezo" y el abad Poimen, el segundo entre los padres del desierto, el más ilustre después de Antonio, cuando lo felicitaban en su lecho de muerte por haber vivido una vida feliz y virtuosa, y por poderse presentar totalmente  confiado ante Dios, respondía: "Debo empezar todavía, apenas he empezado a convertirme”. Y lloraba.

En efecto, la conversión es asunto de tiempo. El hombre necesita tiempo, y Dios quiere también necesitar tiempo con nosotros.

Partiríamos de una imagen totalmente errónea del hombre, si pensásemos que las cosas importantes de la vida humana pudiesen realizarse inmediatamente y de una vez para siempre.

El hombre está hecho de tal manera que necesita tiempo para crecer, madurar y desplegar todas sus capacidades. Dios lo sabe mejor que nosotros. Por eso espera, no abandona nunca. Es indulgente, generoso.

Dios nos espera como un pescador paciente, como escribía un poeta. To chréston tou Theou eis metanoiean se agei (Rom 2,4), escribe Pablo: "La bondad de Dios te impulsa a la conversión", no la cólera, sino al contrario to chréston, su ternura, su dulzura, su paciencia. En el prólogo de su Regla, san Benito hace un comentario de esto, que llama la atención: Dios sale cada día al encuentro de su obrero, dice, y el tiempo que nos da es ad inducías, una espera, un don, un tiempo de gracia que se nos concede gratuitamente.

Es un tiempo que podemos utilizar para encontrar a Dios una vez más y encontrarlo mejor en su admirable misericordia. Más tarde, después de la muerte, podremos vivir fuera del tiempo, y para siempre. Hoy se nos da el tiempo para conocer cada vez mejor a Dios. Es siempre un tiempo de conversión y de gracia, don de su misericordia.

Incluso el pecador empedernido

Dios se ocupa así de nosotros todos los días. Nos llama a la conversión: "Si escuchan hoy mi voz, no endurezcan su corazón" (Sal 94). Dios nos habla de muchas maneras: por su Palabra, por los hombres con quienes vivimos, por toda clase de acontecimientos, felices o penosos. Estos últimos son los que tememos. Sabemos demasiado bien que Dios tiene algo que decirnos por la prueba, la enfermedad, la muerte, la contradicción. Si este temor habita en nuestro corazón, es porque sólo la cólera de Dios está presente en nuestro espíritu. No estamos todavía en condiciones de discernir, detrás de este signo aparente de cólera, el amor infinito de Dios. Lo hemos visto más arriba: en Jesús, la cólera de Dios se ha cambiado en amor; dicho de otra manera: se ha visto muy claro que su cólera no es más que una tentativa provisional para hacernos comprender su amor.

Si tememos las intervenciones de Dios, si las interpretamos como una expresión de su cólera, estamos todavía anclados en lo provisional. No hemos experimentado el amor de Dios, su ternura conmovedora.

Tal vez alguien puede decir que este miedo es precisamente la señal de que somos culpables, el testimonio de los reproches que nuestra conciencia nos hace y del castigo que merecemos de Dios. Sólo los pecadores deberían tener la cólera de Dios, y el que la teme muestra por ello que es pecador.
Un razonamiento así no es tan evidente, aunque refleje bien la reacción habitual del creyente medio hoy. En efecto, para el que recorre el Evangelio, no es evidente que el pecador tenga que temer. Al contrario: ¿No ha repetido continuamente Jesús que él ha venido no para los justos sino para los pecadores? (cf. Mt 9,13).

Por otra parte no está en modo alguno probado que sólo los pecadores temen a Dios. De hecho, hay muchos creyentes y muchos justos – para emplear un término bíblico – que consideran con tanta incertidumbre como temor su eventual encuentro con Dios. Hacen todo lo que pueden para conjurar este malestar a fuerza de generosidad y virtud. Cuanto más lo consiguen -y este logro es siempre relativo- más posibilidad tienen, piensan, de evitar la cólera de Dios y de merecer su amor.

En efecto, hay dos categorías de personas que deben temer la cólera de Dios: por una parte los pecadores empedernidos; por otra, los justos empedernidos. El pecador empedernido, es decir, el que no quiere en modo alguno oír hablar de cambio total, tendrá que confrontarse con la cólera de Dios, incluso si consigue hábilmente escamotearla en la vida diaria. Pero tenemos que pensar que, de hecho, hay muy pocos pecadores empedernidos.

Por el contrario, hay sin duda muchos justos empedernidos -si se puede hablar así-, personas que no conocen la misericordia de Dios, y que tratan de portarse mejor sencillamente porque tienen miedo de la cólera de Dios. Se librarán más o menos de ese miedo en la medida que lleguen a realizar su ideal en la vida cotidiana. A la larga esto se les puede hacer soportable, aunque vivan con un pobre consuelo. Por ello son muy poco convincentes y mucho menos contagiosos. Porque no conocen todavía el amor, y el poco que vive en ellos viene más bien de un cierto contentamiento de sí, por lo que corren el peligro de aislarse a menudo de los demás. Han recibido ya su recompensa (cf. Mt 6,2). Como no han oído hablar de la gracia, no esperan nada más. Su vida no tendrá perspectiva ni salida si la palabra empedernido, empleada tanto para los pecadores como para los justos, insinuase un estadio definitivo. Sin embargo, todo es provisional en la vida del hombre, y ligado al tiempo. En este sentido tanto los pecadores como los justos viven en el tiempo, tiempo que es un don de Dios para ellos, un tiempo de gracia, y por ello un tiempo abierto a la conversión. Ni el pecador empedernido ni el justo empedernido permanecerán así para siempre. Están llamados a ser pecadores en conversión. Esto es lo que tratamos de desarrollar a lo largo de este libro. Lo cual no es inmediatamente evidente ni fácil de explicar. No se puede fijar en una definición, sino únicamente tratar de describir a partir de una experiencia personal, necesariamente limitada,  y de la experiencia de aquellos con quienes uno ha podido entrar en contacto. Finalmente, es más fácil decir lo que no es, porque es mucho más confortable vivir como pecador  empedernido o como justo empedernido que como pecador en conversión. Sin embargo, la gracia de Dios nos empuja día tras día a esta vuelta total. Dios nos toca de muchas maneras para llevarnos a este estado de conversión. Nosotros sólo podemos prepararnos para que Dios nos toque.

Tendrán que ocurrir muchas cosas fuera de nuestra buena voluntad o de nuestra generosidad natural. Esta vuelta total no implica tan sólo que seamos heridos interiormente, sino también que se cuarteen nuestros cimientos. Habrá rotura y pedazos. Algo en nosotros tiene que venirse abajo. Como una construcción de hormigón en la  que hubiéramos trabajado muchos años con gran cuidado, y que en un momento dado, funciona como un escudo contra nuestro yo más profundo, y contra los demás, corriendo así el peligro de protegernos contra la misma gracia de Dios.

Este hundimiento no es más que un comienzo, aunque lleno ya de esperanza. No hay que tratar de volver a edificar lo que la gracia ha destruido. Hay en ello algo que tenemos que aprender, pues es grande la tentación de construir un andamio ante la fachada que se bambolea y volver al trabajo. Tenemos que aprender a permanecer junto a nuestras ruinas, a sentarnos ante los escombros, sin amargura, sin dirigimos reproches y sin acusar tampoco a Dios. Tendremos que apoyarnos sobre estos muros en ruina, llenos de esperanza y de abandono, con la confianza de un niño que sueña con que su padre lo arreglará todo, porque sabe que todo puede reedificarse de otra manera, mucho mejor que antes. Como el hijo pródigo para quien tantas cosas se habían hecho jirones: dinero, honor, corazón; que había perdido todo lo que podía esperar de las criaturas y que, sin embargo, lleno de confianza, toma la resolución de volver a casa de su padre. Por adelantado sentía instintivamente que además del criado que esperaba llegar a ser, podría también seguir siendo hijo. El que ha sido hijo una vez, lo sigue siendo siempre. En el mismo momento en que el hijo perdido se reconcilia con sus escombros, está ya en su casa, en casa junto a su padre. Por el contrario, el que lucha contra sus propios escombros, lucha contra su padre y contra su Dios; sigue estando expuesto a la cólera: no es capaz de reconocer el amor. El que se abandona hasta el punto de alegrarse y de permanecer contento con su propia miseria, está ya rendido al amor liberador.

Sólo podemos permanecer en la conversión gracias a Jesús, encaminados y fortificados por el Espíritu de Dios. En nosotros se va a realizar lo que le sucedió a Jesús en el misterio de su muerte y de su resurrección. La confianza y el abandono de Jesús a su Padre, a través de la muerte, ha hecho ineficaz la cólera de Dios para siempre. Nos hacen capaces, con él, de reconocer el amor del Padre por encima de las muertes y renuncias, y esto en nuestra más profunda debilidad. Porque estar en conversión es pasar continuamente al misterio del pecado y de la gracia. Noten bien que no es pasar del pecado a la gracia, sino al misterio del pecado y de la gracia. Esto significa el abandono de toda justificación, de toda justicia propia, y el reconocimiento de nuestro pecado para abrirnos a la gracia de Dios.

Esta maravilla del pecador en camino de conversión es la que el mismo Jesús reconoce que corresponde a la mayor alegría del Padre en los cielos:

"Les digo que, de la misma manera habrá más fiesta en el cielo por un pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse" (Lc 15,7).

El maravilloso hombre pascual, que continuamente muere en Jesús y resucita, constituye la alegría y el orgullo del Padre. Es una maravilla que se renueva cada día sin terminar nunca. En efecto, mientras estamos en la vida presente, Dios está siempre actuando. Porque el tiempo y la duración de nuestra vida representan una forma de la gracia en nuestra carne: el Amor ilimitado e indefectible de Dios. Podemos así, cada día, establecernos en la conversión con el corazón lleno de acción de gracias. Un paso fuera de este estado de conversión significaría un paso fuera de Dios y de su amor. Esto, aunque pensemos en Dios, hablemos de él, lo anunciemos. Incluso la oración dirigida a Dios se haría imposible, pues no hay verdadera oración fuera de una continua conversión.

Fuera de la conversión estamos fuera del Amor. En este caso no le quedarían al hombre más que dos posibilidades: la satisfacción de sí y la justicia propia, o una profunda insatisfacción y la desesperación.

Fuera de la conversión no podemos estar en la presencia del verdadero Dios, pues no estaríamos junto a Dios sino junto a uno de nuestros numerosos ídolos. Además, sin Dios, no podemos permanecer en la conversión, porque no es nunca el fruto de buenas resoluciones o del esfuerzo. Es el primer paso del amor, del Amor de Dios más que del nuestro. Convertirse es ceder al dominio insistente de Dios, es abandonarse a la primera señal de amor que percibimos como procedente de Él. Abandono en el sentido de capitulación. Si capitulamos ante Dios, nos entregamos a Él. Todas nuestras resistencias se funden ante el fuego consumidor de su Palabra y ante su mirada; no nos queda  ya más que la oración del profeta Jeremías: "Haznos volver a ti, Yavé, y volveremos" (Lm 5,21; cf. Jr 31,18).



Fuente: Louf, André, A mercede de su gracia, Bs.As., Agape Libros, 2013, pp. 5-18



[i] Las citas bíblicas son tomadas de La Biblia de Nuestro Pueblo, Biblia del Peregrino, América Latina, Ediciones Mensajero, Agape Libros, 2007.

lunes, 12 de junio de 2017

Benedicto XVI - La muerte de Jesús como reconciliación (expiación) y salvación


3. La muerte de Jesús como reconciliación (expiación) y salvación

En un último punto quisiera tratar de hacer ver, al menos a grandes líneas, cómo la Iglesia naciente, bajo la guía del Espíritu Santo, fue ahondando lentamente en la verdad más profunda de la cruz, movida por el deseo de entender siquiera de lejos su motivo y su objeto. Sorprendentemente, una cosa estaba clara desde el  principio: con la cruz de Cristo, los antiguos sacrificios del templo quedaron superados definitivamente. Había ocurrido algo nuevo.

La expectación suscitada en la crítica de los profetas, que se había manifestado en particular también en los Salmos, había encontrado su cumplimiento: Dios no quería ser glorificado mediante los sacrificios de toros y machos cabríos, cuya sangre no puede purificar al hombre ni expiar por él. El nuevo culto anhelado, pero hasta entonces todavía sin definir, se había hecho realidad. En la cruz de Jesús se había verificado lo que en vano se había intentado con los sacrificios de animales: el mundo había obtenido la expiación. El «Cordero de Dios» había cargado sobre sí el pecado del mundo y lo había quitado de allí. La relación de Dios con el mundo, perturbada por la culpa de los hombres, había sido renovada. La reconciliación se había cumplido.

Así, Pablo pudo sintetizar el acontecimiento de Jesucristo, su nuevo mensaje, con estas palabras: «Dios mismo estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo, sin pedirle cuentas de sus pecados, y a nosotros nos ha confiado el mensaje de la reconciliación. Por eso nosotros actuamos como enviados de Cristo, y es como si Dios mismo os exhortara por medio nuestro. En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios» (2 Co 5,19s). Conocemos sobre todo por las cartas de Pablo las agudas controversias que hubo en la Iglesia naciente sobre la cuestión de si la ley mosaica conservaba su fuerza vinculante también para los cristianos. Por eso es tan sorprendente que —como se ha dicho— sobre un punto hubiera concordia desde el principio: los sacrificios del templo —el centro cultual de la Tora— habían sido superados. Cristo ha ocupado su puesto. El templo seguía siendo un lugar venerable de oración y anuncio. Sus sacrificios, en cambio, ya no eran válidos para los cristianos.
Pero ¿cómo debía entenderse esto más precisamente? En la literatura neo-testamentaria hay varios intentos de interpretar la cruz de Cristo como el nuevo culto, la verdadera expiación y la verdadera purificación del mundo contaminado.

Ya hemos hablado otras veces del texto fundamental de Romanos 3,25, en el que Pablo retoma una tradición de la primera comunidad judeocristiana de Jerusalén, calificando a Jesús crucificado como hilasterion. Como hemos visto, con esta palabra se indica la cubierta del Arca de la Alianza que durante el sacrificio expiatorio, en el gran día de la expiación, se rociaba con la sangre de la reparación. Digamos de inmediato cómo interpretan ahora los cristianos este rito arcaico: no es el contacto de sangre animal con un objeto sagrado lo que reconcilia a Dios y al hombre. En la Pasión de Jesús toda la suciedad del mundo entra en contacto con el inmensamente Puro, con el alma de Jesucristo y, así, con el Hijo de Dios mismo. Si lo habitual es que aquello que es impuro contagie y contamine con el contacto lo que es puro, aquí tenemos lo contrario: allí donde el mundo, con toda su injusticia y con sus crueldades que lo contaminan, entra en contacto con el inmensamente Puro, Él, el Puro, se revela al mismo tiempo como el más fuerte. En este contacto la suciedad del mundo es realmente absorbida, anulada, transformada mediante el dolor del amor infinito. Y puesto que en el Hombre Jesús está el bien infinito, ahora está presente y activa en la historia del mundo la fuerza antagonista de toda forma de mal; el bien es siempre infinitamente más grande que toda la masa del mal, por más que ésta sea terrible.

Si tratamos de reflexionar un poco más a fondo sobre esta convicción, encontramos también la respuesta a una objeción suscitada repetidamente contra la idea de expiación. Tantas veces se dice: ¿Acaso no es un Dios cruel el que exige una expiación infinita? ¿No es esta una idea indigna de Dios? ¿No debemos quizás, en defensa de la pureza de la imagen de Dios, renunciar a la idea de expiación? En la presentación de Jesús como hilastérion se puede ver cómo el perdón real que se produce partiendo de la cruz tiene lugar precisamente de manera inversa. La realidad del mal, de la injusticia que deteriora el mundo y contamina a la vez la imagen de Dios, es una realidad que existe, y por culpa nuestra. No puede ser simplemente ignorada, tiene que ser eliminada. Ahora bien, no es que un Dios cruel exija algo infinito. Es justo lo contrario: Dios mismo se pone como lugar de reconciliación y, en su Hijo, toma el sufrimiento sobre sí. Dios mismo introduce en el mundo como don su infinita pureza. Dios mismo «bebe el cáliz» de todo lo que es terrible, y restablece así el derecho mediante la grandeza de su amor, que a través del sufrimiento transforma la oscuridad.
Objetivamente, el Evangelio de Juan (especial-mente con la teología de la oración sacerdotal) y la Carta a los Hebreos (con toda la interpretación de la Torá cultual en la perspectiva de la teología de la cruz) han desarrollado precisamente estas ideas y así han hecho ver al mismo tiempo cómo en la cruz se cumple el íntimo sentido del Antiguo Testamento; y no solamente la crítica de los profetas al culto, sino, positivamente, también aquello que había sido siempre el significado y la intención del culto.
De la gran riqueza de la Carta a los Hebreos quisiera proponer para la reflexión un solo texto fundamental. El autor califica el culto del Antiguo Testamento como «sombra» (10,1) y lo explica así: «Es imposible que la sangre de los toros y de los machos cabríos quite los pecados» (10,4). Luego cita el Salmo 40,7ss e interpreta estas palabras del Salmo como diálogo del Hijo con el Padre, un diá-logo en el que se cumple la Encarnación, a la vez que se hace realidad la nueva forma del culto divino: «Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, pero me has preparado un cuerpo. No aceptas holocaustos ni víctimas expiatorias. Entonces yo dije lo que está escrito en los libros: “Aquí estoy, ¡Oh Dios!, para hacer tu voluntad”» (Hb 10,5ss; cf. Sal 4Q,7ss).

En esta breve cita del Salmo hay una modificación importante respecto al texto original, una modificación que presenta el punto final de un desarrollo en tres etapas de la teología del culto. Mientras que la Carta a los Hebreos lee: «Me has preparado un cuerpo», el Salmista había dicho: «Me abriste el oído». Ya aquí, los sacrificios del templo habían sido reemplazados por la obediencia. El verdadero modo de venerar a Dios se encuentra en la vida marcada por la Palabra de Dios y dentro de ella. En esto el Salmo coincidía con una corriente del espíritu griego del último periodo antes del nacimiento de Cristo: también en el mundo griego se sentía cada vez más insistentemente la insuficiencia de los sacrificios de animales, que Dios no necesita y en los que el hombre no da a Dios lo que Él podría esperar del hombre. Así queda formulada aquí la idea del «sacrificio modelado por la palabra»: la oración, la apertura del espíritu humano hacia Dios, es el verdadero culto. Cuanto más se convierta el hombre en palabra —o mejor, se hace respuesta a Dios con toda su vida— tanto más pone en práctica el culto debido.

En el Antiguo Testamento, desde el principio de los Libros de Samuel hasta la más tardía profecía de Daniel, encontramos de manera nueva cada vez la búsqueda afanosa en torno a esta forma de pensar que enlaza cada vez más estrechamente con el amor por la Palabra orientadora de Dios, es decir, por la Tora. Se venera a Dios de manera justa cuando nosotros vivimos en la obediencia a su Palabra y, moldeados así interiormente por su voluntad, nos ajustamos a Dios.

Por otro lado, siempre queda también una cierta impresión de insuficiencia. Nuestra obediencia es siempre deficiente. La voluntad personal se antepone una y otra vez. Sin embargo, el profundo sentido de la insuficiencia de toda obediencia humana a la Palabra de Dios hace que irrumpa continuamente de nuevo el deseo de expiación, aunque, dada nuestra condición y nuestros escasos «resultados» en cuestión de obediencia, no pueda llevarse a cabo. Por eso, en medio del discurso sobre la insuficiencia de los holocaustos y los sacrificios surge también una y otra vez el deseo de que éstos puedan hacerse de manera más perfecta (cf. p. ej. Sal 51,19ss).

En la versión que la palabra del Salmo 40 ha encontrado en la Carta a los Hebreos se contiene la respuesta a dicho deseo: el deseo de que se dé a Dios lo que nosotros no podemos darle, pero que, no obstante, el don sea nuestro, encuentra su cumplimiento. El salmista decía: «No quieres sacrificios ni ofrendas, y, en cambio, me abriste el oído». El verdadero Logos, el Hijo, dice al Padre: «Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, pero me has preparado un cuerpo». El Logos mismo, el Hijo, se hace carne, asume un cuerpo humano. Así es posible una nueva forma de obediencia, una obediencia que va más allá de todo cumplimiento humano de los Mandamientos. El Hijo se hace hombre, y en su cuerpo le devuelve a Dios toda la humanidad. Sólo el Verbo que se ha hecho carne, cuyo amor se cumple en la cruz, es la obediencia perfecta. En Él, no sólo se ha culminado definitivamente la crítica a los sacrificios del templo, sino que se ha cumplido también el anhelo que comportaba: su obediencia «corpórea» es el nuevo sacrificio en el cual nos incluye a todos y en el que, al mismo tiempo,  toda nuestra desobediencia es anulada mediante su amor.

Dicho de nuevo con otras palabras: nuestra moralidad personal no basta para venerar a Dios de manera correcta. San Pablo lo ha aclarado enérgicamente en la controversia sobre la justificación. El Hijo que se ha hecho carne lleva en sí a todos nosotros y ofrece de este modo lo que no podríamos dar solamente por nosotros mismos. Por eso forma parte de la existencia cristiana tanto el sacramento del Bautismo, la acogida en la obediencia de Cristo, como la Eucaristía, en la que la obediencia del Señor en la cruz nos abraza a todos, nos purifica y nos atrae dentro de la adoración perfecta realizada por Jesucristo.

Lo que dice aquí la Iglesia naciente sobre la Encarnación y la cruz, asimilando en oración el Antiguo Testamento y el camino de Jesús, entra en el centro de la búsqueda dramática que en aquel periodo se desarrolla sobre la correcta comprensión de la relación entre Dios y el hombre. No responde únicamente al «porqué» de la cruz, sino también, y al mismo tiempo, a las preguntas que acosaban tanto al mundo judío como al pagano sobre cómo llegar a ser rectos ante Dios y, viceversa, cómo puede comprenderse correctamente al Dios misterioso y escondido, en el supuesto de que éste se encuentre al alcance de los hombres.

Por todas las reflexiones precedentes se ha podido ver que, con eso, no sólo se ha elaborado una interpretación teológica de la cruz, como también de los sacramentos cristianos fundamentales —a partir de la cruz— y del culto cristiano, sino que abarca también la dimensión existencial: ¿Qué comporta esto para mí, qué significa para mi camino de persona humana? Pues bien, la obediencia «corpórea» de Cristo se presenta precisamente como espacio abierto en el que se nos acoge a nosotros y a través del cual nuestra vida personal encuentra un nuevo contexto. El misterio de la cruz no está simplemente ante nosotros, sino que nos afecta y da a nuestra vida un nuevo valor.

Esta vertiente existencial de la nueva concepción del culto y del sacrificio aparece particularmente clara en el capítulo 12 de la Carta a los Romanos: «Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, a ofrecer vuestros cuerpos como una víctima viva, santa, agradable a Dios; éste será vuestro culto espiritual (literalmente: como culto modelado por la palabra)» (v. 1). Se retoma aquí el concepto del culto a Dios mediante la palabra (logiké latreía) y se entiende el abandono de toda la existencia en Dios; un abandono en el que, por decirlo así, el hombre entero se hace como palabra, se ajusta a Dios. Se subraya con esto la dimensión de la corporeidad: precisamente nuestra existencia corpórea ha de estar impregnada de la Palabra y convertirse en entrega a Dios. Pablo, que tanto resalta la imposibilidad de la justificación fundándose en la propia moralidad, presupone indudablemente en esto que el nuevo culto de los cristianos, en el cual ellos mismos son «víctima viva y santa», sólo es posible participando en el amor hecho carne de Jesucristo, ese amor que, mediante el poder de su santidad, supera toda nuestra insuficiencia.

Si debemos decir, por un lado, que con esta exhortación Pablo no cede a ninguna forma de moralismo y no desmiente para nada su doctrina acerca de la justificación mediante la fe —y no por las obras—, por otro queda claro que con esta doctrina de la justificación no se condena al hombre a la pasividad: no se convierte en un destinatario meramente pasivo de la justicia de Dios, la cual, en ese caso, sería en el fondo algo externo a él. No, la grandeza del amor de Cristo se manifiesta precisa-mente en que Él, a pesar de toda nuestra miserable insuficiencia, nos acoge en sí, en su sacrificio vivo y santo, de manera que llegamos a ser realmente «su Cuerpo».

En el capítulo 15 de la Carta a los Romanos Pablo retoma una vez más la misma idea con mucha insistencia, interpretando su apostolado como sacerdocio y hablando de los paganos convertidos a la fe como el sacrificio vivo agradable a Dios: Os he escrito «en virtud de la gracia que Dios me ha dado, de ser ministro de Jesucristo para los gentiles, ejerciendo el oficio sagrado de anunciar el Evangelio de Dios, para que la oblación de los gen-tiles sea agradable, santificada por el Espíritu Santo» (15,15s).

En tiempos más recientes se ha considerado este modo de hablar de sacerdocio y sacrificio como meramente alegórico. Se trataría de sacerdocio y de sacrificio únicamente en sentido impropio, puramente espiritual, no en sentido cultual, real. Sin embargo, Pablo mismo y toda la Iglesia antigua lo han visto precisamente en el sentido opuesto. Para ellos, el sentido impropio del sacrificio y del culto era el de los sacrificios materiales: un intento de llegar a algo que, no obstante, eran incapaces de alcanzar. El culto verdadero es el hombre vivo que se ha convertido completamente en respuesta a Dios, modelado por su Palabra sanadora y transformadora. Y el verdadero sacerdocio, por tanto, es ese \ ministerio de la Palabra y el Sacramento que transforma a los hombres en una entrega a Dios y con- I vierte el cosmos en una alabanza al Creador y 1 Redentor. Por eso, el Cristo que se ofrece a sí I mismo en la cruz es el auténtico Sumo Sacerdote, ! al que se refería de manera simbólica el sacerdocio j de Aarón. El don que Él hace de sí mismo —su obediencia que nos acoge a todos nosotros y nos devuelve a Dios— es, pues, el verdadero culto, el verdadero sacrificio.

Por este motivo, el entrar en el misterio de la cruz ha de estar en el centro del ministerio apostólico y del anuncio del Evangelio que conduce a la fe. Por consiguiente, si bien podemos ver el centro del culto cristiano en la celebración de la Eucaristía, en la participación, nueva cada vez, en el misterio Sacerdotal de Jesucristo, hay que tener siempre presente, sin embargo, toda su magnitud: su finalidad es atraer constantemente a cada persona, y a\ mundo dentro del amor de Cristo, de modo que todos lleguen a ser, yunto con Él, una ofrenda «agradable, santificada por el Espíritu Santo» {Km 15,16).
Desde estas reflexiones, la mirada se abre por fin hacia una dimensión ulterior de la idea cristiana de culto y sacrificio. Se deja ver nítidamente en este versículo de la Carta a los Filipenses, en la que Pablo prevé su martirio y, al mismo tiempo, lo interpreta teológicamente: «Y si también mi sangre se ha de derramar como sacrificio y en la liturgia de vuestra fe, yo estoy alegre y me asocio a vuestra alegría» (2,17; cf. 2 Tm 4,6). Pablo considera su presentido martirio como liturgia y como un acontecimiento sacrificial. También esto, una vez más, no es simplemente una alegoría y un modo de hablar impropio. No, en el martirio es llevado totalmente dentro de la obediencia de Cristo, dentro de la liturgia de la cruz y, así, dentro del verdadero culto.

La Iglesia antigua, apoyándose en esta interpretación, ha podido comprender el martirio en su verdadera profundidad y grandeza. Ignacio de Antioquía, por ejemplo, según la tradición, decía ser como el trigo de Cristo, que debía ser triturado para convertirse en pan de Cristo (cf. Ad Rom., 4, 1). En el relato del martirio de san Policarpo se dice que las llamas que le iban a quemar tomaron la forma de una vela hinchada por el viento; ésta «envolvía el cuerpo del mártir, y él estaba en el centro, no como carne que se quema, sino como el pan que se está cociendo», y emanaba «un aroma como de incienso perfumado» (Mart. Polyc., 15). También los cristianos de Roma han interpretado de modo análogo el martirio de san Lorenzo, abrasado en una parrilla; no sólo vieron en ello su perfecta unión con el misterio de Cristo, que en el martirio se ha hecho pan para nosotros, sino también una imagen de la existencia cristiana en general: en las tribulaciones de la vida se nos purifica lentamente al fuego, podemos transformarnos en pan, por decirlo así, en la medida en que en nuestra vida y en nuestro sufrimiento se comunica el misterio de Cristo, y su amor hace de nosotros una ofrenda para Dios y para los hombres.

La Iglesia, bajo la guía del mensaje apostólico, viviendo el Evangelio y sufriendo por él, ha aprendido siempre a comprender cada vez más el misterio de la cruz, aunque éste, en último análisis, no se puede diseccionar en fórmulas de nuestra razón: en la cruz, la oscuridad y lo ilógico del pecado se encuentran con la santidad de Dios en su deslumbrante luminosidad para nuestros ojos, y esto va más allá de nuestra lógica. Y, sin embargo, en el mensaje del Nuevo Testamento y en su verificarse en la vida de los santos, el gran misterio se ha hecho completamente luminoso.

El misterio de la expiación no tiene que ser sacrificado a ningún racionalismo sabiondo. Lo que el Señor respondió a la petición de los hijos de Zebedeo sobre los tronos que ocuparían a su lado, sigue siendo una palabra clave para la fe cristiana. «El Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos» (Mc 10,45).


Fuente: Ratzinger, Joseph, Jesús de Nazaret, Segunda Parte, Madrid, Planeta, 2011, pp. 267-279

jueves, 23 de febrero de 2017

P.A. Hillaire - La Oración. segundo medio para obtener la gracia

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3° La oración, segundo medio para obtener la gracia

Dios puede comunicarnos sus gracias directamente por sí mismo y, a veces, lo hace. Pero como no quiere salvarnos sin nuestra cooperación, exige que empleemos los medios establecidos por Él para conferirnos su gracia. Estos medios son los sacramentos y la oración. Los sacramentos son los canales que nos la transmiten; la oración es la fuerza que la atrae.

lunes, 6 de febrero de 2017

José Luis Decalzo - Vivir en el presente

23.- Vivir en el presente.

Lo que más admiraba yo en Jorge Guillén era su capacidad para vivir apasionadamente el presente. Frente a otros poetas que hacen surgir su poesía de un afán por remasticar las amarguras viejas o de un hilar los sueños del futuro, Guillén en su obra, evita hasta de los verbos en pretérito o en futuro, para montarlo todo sobre el disfrute del presente, de este pie que ponemos hoy aquí, de esta hora que hoy me ha sido concedida. Y lo admiraba porque una actitud así ante la vida es de lo más infrecuente. Entre nosotros lo que abunda es la fuga hacia el ayer o hacia el mañana, la venta a la nostalgia o al ensueño.

lunes, 30 de enero de 2017

Señor, te tenía tan cerca

Señor, te tenía tan cerca
Me desesperé por cada milímetro
Que me empecé a distanciar de tu amor
Corría hacia Vos, me arrodillé con la mano en el corazón
Y te rogué que no me abandonaras
Que no me dejaras solo en mi oscuridad.

Mis obligaciones se hicieron piedras enormes
Mi paz y mi felicidad huyeron
Y volví a mi rincón frío y desolado
Recordé Tu Amor y el cansancio me aplacó
Y me fui a dormir sin paz, ni amor ni ruegos.
Señor, te necesito tanto!

Cuando me acechan esos días imposibles
Cuando me dejo llevar y no reparo en lo que hago
Cuando te niego haciendo invisibles a mis hermanos.
El corazón se lastima y se enfría
Y es porque no te tengo señor. Te olvidé.
Señor y Dios mío, te necesito tanto!

Te pido que me ayudes a ser digno de Tu Amor
Ese Amor que viene desde siempre
Y que aprovechamos tan poco
Ese Amor que se anida en nosotros y nos transforma
Ese Amor que alimenta nuestra inteligencia
Y nos llena de esa Paz humilde
Que nos devuelve el Sentido y la Alegría de esta vida.
Señor Jesús, Dios hecho Hombre
Quiero ser digno de Tu Amor.


Amén.

sábado, 22 de octubre de 2016

ORACIÓN DE ROMANO GUARDINI



En Cristo se nos ha abierto la hondura de la vida escondida de Dios. Su naturaleza, palabra y obra tan llenas de la realidad de lo sagrado. Pero de ella brotan figuras vivas: el Padre, en su omnipotencia y bondad; el Hijo, en su verdad y amor redentor, y entre ellos, el desprendido, el creador, el Espíritu.
Es un misterio que supera todo sentido; y hay gran peligro de escandalizarse de él. Pero yo no quiero un Dios que se ajuste a las medidas de mi pensamiento y esté formado a mi imagen. Quiero el auténtico, aunque sé que desborda mi intelectual capacidad. Por eso, ¡oh Dios vivo!, creo en tu misterio, y Cristo, que no puede mentir, es su fiador.
Cuando anhelo la intimidad de la compañía, tengo que ir a los demás hombres; y por más honda que sea la ligazón y más hondo que sea el amor, seguimos, sin embargo, separados. Pero tú encuentras tu propio «tú» en ti mismo. En tu misma hondura desarrollas el diálogo eterno. En tu misma riqueza tiene lugar el perpetuo regalo y recepción del amor.
Creo, ¡oh Dios!, en tu vida una y trina. Por ti creo en ella, pues ese misterio cobija tu verdad. En cuanto se abandona, tu imagen se desvanece en el mundo. Pero también, ¡oh Dios!, creo en ella por nosotros, porque la paz de tu eterna vida tiene que llegar a ser nuestra patria. Nosotros somos tus hijos, ¡oh Padre!; tus hermanos y hermanas, Hijo de Dios, Jesucristo, y tú, Espíritu Santo, eres nuestro amigo y maestro.